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“Bienvenido al Rolling, ¿qué desea?”

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dic

Ésta es la frase que más repito últimamente y estoy orgulloso de ello. La privilegiada situación que me brinda el mostrador de la Rolling Shop, donde gestiono los alquileres, es una ventana al mundo de lo más entretenida.

En apenas un mes de andadura, el Rolling Dance & Burger ha despertado una renovada ilusión por el patinaje en el corazón de Madrid. Rollers de todos los rincones acuden al mostrador para compartir conmigo los viejos tiempos de la antigua pista de patinaje de Chamartín a la vez que se mueren de ganas por escribir nuevos capítulos en esta flamante etapa que apenas comienza. Es frecuente encontrar a clientes que lo primero que me dicen es “llevo más de 20 años sin patinar” o “yo aquí venía cuando era joven”. Por suerte, ese regreso a su infancia ochentera con aroma a E.G.B ilumina su cara de forma tan radiante y emotiva que no me da otra opción que la de empatizar con ellos al instante.

Muchos de ellos vienen a revivir ‘aquellos maravillosos años’ convertidos en padres. Sus hijos, patinadores en línea empedernidos, jamás han probado el parqué al estilo “tradi”. Es ahí cuando surge la magia. Cuando el vínculo paterno-filial se hace más fuerte. Yo tengo el privilegio de verlo a diario… y Rolling Dance & Burger tiene gran culpa de ello.

Automáticamente se me dibuja una sonrisa en la cara que ya nada ni nadie puede borrar. Con ese ánimo, intacto, afronto las últimas horas de la jornada laboral. Momento en el que irrumpen en pista los rollers más curtidos. Tradicionales y callejeros, llegan patinando desde El Retiro o Madrid Río para disfrutar del ambiente, la cerveza y las deliciosas hamburguesas que preparan y sirven con esmero mis queridos compañeros de barra. Lejos del tópico ‘Cualquier tiempo pasado fue mejor’, hasta los patinadores más escépticos asimilan y celebran que la pista de Chamartín ha resurgido con más fuerza y esplendor que nunca.

Alberto Gozalo, empleado de Rolling Dance & Burger.

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